Considerado uno de los mejores boxeadores argentinos de todos los tiempos, el hombre que provocaba a sus rivales peleando con la guardia baja e invitaba a que le peguen, inició su carrera como profesional en 1958, bajo la celosa mirada del gran maestro Francisco «Paco» Bermúdez. Diez años más tarde abrazó la gloria mundial tras derrotar por nocaut técnico en el décimo asalto al japonés Takeshi Fuji.
Protegido por Tito Lectoure, en el Luna Park reinaba una alegría expectante y desbordaba de gente que disfrutaba cada vez que el púgil mendocino esquivaba los embates de sus contrincantes con estudiados movimientos de cintura. Sobre el cuadrilátero fue dueño de un talento distinto y acaso irrepetible.
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